Como el hombre ciego que no puede vivir sin su reloj atado a la muñeca.
Siempre viste de azul, porque es su color favorito: "Huele a arándanos", utiliza como argumento.
Camina siempre en línea curva, conoce bien su camino, no se choca.
Cada tarde se sienta en el banco que da al lugar más bonito del parque; lo sabe porque escucha las sonrisas de los que se van acercando.
Tiene su habitación repleta de los dibujos de sus hijos, está preciosa.
Conoce el idioma del piano; las teclas hacen historia cuando se deslizan entre los dedos del hombre (a veces incluso rozan con el viejo reloj, emitiendo un chasquido que solo él es capaz de ver).
Y escucha pasar los segundos de su vida.
Y se siente parte de ella.
Porque sabe mejor que nadie la forma que tienen las cosas bonitas.
No le hace falta conocer el tono exacto.
O su silueta.
(Él saborea los abrazos.)
lunes, 7 de abril de 2014
Andares descalzos.
Se oyó el chasquido de un hombre negro en un asiento cercano, durante su trayecto a ninguna parte. Las ojeras desgastadas y los nudillos rugosos dejaban entrever el arrastre de fracasos que llevaba encima. Las arrugas de su rostro parecían esculpidas por un artista aficionado, poniendo especial cuidado en la que podría llegar a ser su primera gran obra que mereciera ser contemplada. Desde lejos se distinguían las cataratas de su ojos que aún dejaban ver un pequeño rastro de color vidrioso (aunque bien podía haber sido la acumulación de lágrimas durante los años). Las manos; escondidas tras los callos de sus yemas, consecuencia del amor incondicional hacia su guitarra, que se situaba tímida a su lado. Era un hombre que llevaba el ritmo en la sangre, y le llegaba hasta los pies, rigurosamente colocados bajo sus piernas cansadas. (Cansadas de recorrer tantos caminos sin final, tan repletos de arena hecha ceniza, que se iba adhiriendo a sus heridas interiores, infectándolas.)
Hermoso anciano del color de la tierra polvorienta, cansado de la vida, amigo inseparable de seis cuerdas que han resultado ser mejores compañeras que cualquier alma que se haya acercado a tus andares descalzos, a tus sombríos dobleces: llévame a tu escondite (adornado del minúsculo haz de luz que aún se puede descubrir de tus antaño ojos verdes).
Hermoso anciano del color de la tierra polvorienta, cansado de la vida, amigo inseparable de seis cuerdas que han resultado ser mejores compañeras que cualquier alma que se haya acercado a tus andares descalzos, a tus sombríos dobleces: llévame a tu escondite (adornado del minúsculo haz de luz que aún se puede descubrir de tus antaño ojos verdes).
domingo, 9 de marzo de 2014
Pétalos olvidados.
Como un café cubierto de pedazos de hojas secas que han ido tropezando con el viento, y aterrizando en la taza olvidada hace ya varias semanas. El libro que le acompaña, sobre la áspera mesa de madera astillada, tiene en su interior, olvidados, unos cuantos pétalos de amapolas secas. Éstos quedaron sueltos hace un par de días a manos de unos pequeños traviesos que jugaban a casarse y ser mayores. Tomaron prestadas algunas de las rojas flores que adornan el amplio campo, el que está cerca de su casa. Con ellas hicieron una hermosa corona, atando los tallos.
La niña más alta, la que tenía el pelo rubio ceniciento y unas sobresalientes orejas (que marcaban su parentesco con el chiquillo que más gritaba), iba a ser la afortunada de contraer matrimonio con el chico más guapo de todas las casas de los alrededores. Habían estado preparando esa boda desde hacía tres días (mucho tiempo, para personas que todavía se pierden cuando tienen que contar hasta diez). Todas las niñas que solían jugar juntas a la comba estaban entusiasmadas, y ya estaban discutiendo sobre el nombre que tendría el futuro bebé. Los niños vistieron a su amigo con viejas telas que encontraron por las diferentes casas, y después le cubrieron con toda la imaginación que pudieron reunir. Estaba radiante.
En alguna parte del mundo, seguro que alguien habría tenido un mal día. Pero no fue el caso de todos ellos. Fue la tarde de las tiaras de flores, de la creatividad convertida en el más maravilloso de los trajes, de la brisa acompañada de pizcas de plantas coloreadas de tonos carmesí, perdidas en el café, (para endulzar su amargura).
La niña más alta, la que tenía el pelo rubio ceniciento y unas sobresalientes orejas (que marcaban su parentesco con el chiquillo que más gritaba), iba a ser la afortunada de contraer matrimonio con el chico más guapo de todas las casas de los alrededores. Habían estado preparando esa boda desde hacía tres días (mucho tiempo, para personas que todavía se pierden cuando tienen que contar hasta diez). Todas las niñas que solían jugar juntas a la comba estaban entusiasmadas, y ya estaban discutiendo sobre el nombre que tendría el futuro bebé. Los niños vistieron a su amigo con viejas telas que encontraron por las diferentes casas, y después le cubrieron con toda la imaginación que pudieron reunir. Estaba radiante.
En alguna parte del mundo, seguro que alguien habría tenido un mal día. Pero no fue el caso de todos ellos. Fue la tarde de las tiaras de flores, de la creatividad convertida en el más maravilloso de los trajes, de la brisa acompañada de pizcas de plantas coloreadas de tonos carmesí, perdidas en el café, (para endulzar su amargura).
Para Isa.
No se me ocurre mejor manera de soltarlo todo que escribirte. (Que escribirte a ti, o escribir para mí, para todo el mundo, para nadie, o yo qué sé). Necesito salir de la barrera que me mantiene en este estado de inquietud, de incertidumbre, de no saber realmente lo que ha pasado, en qué momento empezó todo, por qué. No sé cómo levantarme después del golpe (y sonará duro, pero tú tampoco puedes).
No recuerdo la última vez que te abracé. Se acabó. ¿Cuándo habría sido si no...? bueno, eso. Quizás la misma última vez que es ahora mismo, pero quién sabe. Lo repetiré una y mil veces, no me gusta echar de menos, no quiero echarte de menos. Te echo de menos. Y si es así para mí, que no sé cuándo fue nuestro último abrazo, nuestra última conversación de verdad, la última vez que me miraste (que me miraste, no que me viste), ¿para los que sí recuerdan?
Fuiste el último día sombrío, no te dio tiempo a ver florecer a los almendros. Duele. A ti más, supongo. No lo sé. Quizás ya no. Te diría que no te vayas; creo que es tarde. ¿Y si hubieras podido ver todo esto? Nadie lo sabe. Ni siquiera creo que tú lo supieras. ¿Si fueses, ahora, después de todo, ser capaz de ver las lágrimas? Dónde estás. Dime, ¿quién fue la persona que llegó a conocerte de verdad, alguien? No es fácil darse la vuelta, o sí. ¿Qué hago yo hablando de esto, qué busco, qué me pasa? Girarse y volver. Es tarde. Ojalá no lo fuera. Lo fue en ese momento. Podría no haberlo sido. Ya no sé ni lo que digo. Tengo frío.
(Nadie muere y desaparece).
No recuerdo la última vez que te abracé. Se acabó. ¿Cuándo habría sido si no...? bueno, eso. Quizás la misma última vez que es ahora mismo, pero quién sabe. Lo repetiré una y mil veces, no me gusta echar de menos, no quiero echarte de menos. Te echo de menos. Y si es así para mí, que no sé cuándo fue nuestro último abrazo, nuestra última conversación de verdad, la última vez que me miraste (que me miraste, no que me viste), ¿para los que sí recuerdan?
Fuiste el último día sombrío, no te dio tiempo a ver florecer a los almendros. Duele. A ti más, supongo. No lo sé. Quizás ya no. Te diría que no te vayas; creo que es tarde. ¿Y si hubieras podido ver todo esto? Nadie lo sabe. Ni siquiera creo que tú lo supieras. ¿Si fueses, ahora, después de todo, ser capaz de ver las lágrimas? Dónde estás. Dime, ¿quién fue la persona que llegó a conocerte de verdad, alguien? No es fácil darse la vuelta, o sí. ¿Qué hago yo hablando de esto, qué busco, qué me pasa? Girarse y volver. Es tarde. Ojalá no lo fuera. Lo fue en ese momento. Podría no haberlo sido. Ya no sé ni lo que digo. Tengo frío.
(Nadie muere y desaparece).
miércoles, 12 de febrero de 2014
Las sábanas desordenadas tiene más encanto.
La marca rojo pintalabios de su almohada queda bañada por la luz que entra por la ventana. Puede ver el verde de los árboles agitarse de forma suave y acompasada, siguiendo el ritmo de la mañana. Se levanta y siente cómo un escalofrío recorre su cuerpo al pisar el suelo con sus pies descalzos. Envuelta entre las sábanas se aproxima al cristal y deja que entre el aire fresco, que enseguida invade todo el espacio, acariciándolo, (acariciándola). El fuerte olor que había quedado en la estancia se va disipando, de manera que ella puede volver a respirar con normalidad, y se va acostumbrando de nuevo a ello. (Porque la noche anterior se había olvidado completamente.)
Mira hacia su cama, entera deshecha; hasta se puede ver en la esquina inferior izquierda el color del colchón. Se acerca, pero en ese momento decide que prefiere dejarlo así durante un tiempo, para recordar lo que fue. (Para dejar constancia de que él estuvo ahí, que no fue un sueño; aunque no hubiese esperado a verla despierta de nuevo, a la luz del día.) Echa las sábanas que le envuelven sobre la cama y anda hacia el espejo que tiene colocado en una de las paredes de su cuarto. Se mira de pies a cabeza, recorriendo todo su cuerpo con los ojos (como hizo él anoche). Se detiene entre las caderas y la cintura, y desliza el dedo índice alrededor de su ombligo. Vuelve con su trayectoria, hasta llegar a sus rizos (sus desordenados y caóticos rizos). Intenta situarlos en su sitio, pero resulta imposible. Entonces se detiene en las grises ojeras que colorean sus mejillas, quizás a él le habrían gustado.
Sale del cuarto de baño. Su pelo ha vuelto a su lugar habitual, y sus tirabuzones vuelven a tener forma. Los tonos grisáceos que se marcaban bajo sus ojos se han destintado, dejando a cambio los pómulos rosados. Las pestañas tienen volumen de nuevo, y los labios son otra vez carnosos y de un fuerte color rojo. Se agacha para alcanzar su bolso, colocado junto a la cama que ha quedado deshecha. Deja que sus párpados caigan y le dedica un pensamiento más.
Y su cama se quedó desbaratada durante todo el día, hasta que volvió a llegar la noche. Porque las sábanas desordenadas tienen más encanto, porque todavía quedaban restos de su olor (y confianza en que volviera).
lunes, 10 de febrero de 2014
Baile de sombras.
Suenan los Beatles de fondo, (la voz de Paul, en concreto), pero esta vez no les presta demasiada atención. Está ocupada mirando por la ventana y sumiéndose en sus más profundos pensamientos. Se imagina vendiendo un cuadro pintado por ella misma, en el que se reflejara la imagen que está contemplando. En su ilusión, la pintura está presentada en blanco y negro, salvo por una franja de color rosáceo que resalta las oscuras siluetas de ramas secas, agotadas por el invierno.
Piensa en cómo será el paisaje tras pasar cincuenta años, y también si hace medio siglo eran las mismas tonalidades las que acompañaban el cielo que se encuentra mirando en ese instante. Aunque le gusta burlarse de todos esos colores, utilizando la gama de grises (y acercándose a los matices más oscuros).
Vuelve a la realidad cuando percibe el cambio de canción. Los acordes lentos y apasionados le invitan a ponerse en pie. Baja la cortina, traslúcida, que convierte la vista que hay tras la ventana en una representación parecida al dibujo que tiene en mente, resaltando el brillo de la luz que poco a poco se acerca a los tonos que presenta el resto de su cuadro.
Desde fuera, una mirada curiosa descubre (alzando la cabeza para que su sombrero se lo permita) una figura que se mueve al ritmo de una nueva melodía. Piano, esta vez. Ve, a través de siluetas ensombrecidas, cómo ella va desnudando su cuerpo; deja resbalar la cascada de cabello sobre el arco que forma su espalda. Sigue bailando, soñando con el futuro, alzando los brazos para llegar lejos, de puntillas, elevándose aún más.
Él alza una ceja, deja entrever una media sonrisa, y desaparece tras un camino oscuro que minutos antes había estado coloreado. Y que volvería a estarlo cada día. (Incluso aquel en el que él acompañara a la chica de suaves curvas y movimientos electrizantes en su baile de sombras.)
Piensa en cómo será el paisaje tras pasar cincuenta años, y también si hace medio siglo eran las mismas tonalidades las que acompañaban el cielo que se encuentra mirando en ese instante. Aunque le gusta burlarse de todos esos colores, utilizando la gama de grises (y acercándose a los matices más oscuros).
Vuelve a la realidad cuando percibe el cambio de canción. Los acordes lentos y apasionados le invitan a ponerse en pie. Baja la cortina, traslúcida, que convierte la vista que hay tras la ventana en una representación parecida al dibujo que tiene en mente, resaltando el brillo de la luz que poco a poco se acerca a los tonos que presenta el resto de su cuadro.
Desde fuera, una mirada curiosa descubre (alzando la cabeza para que su sombrero se lo permita) una figura que se mueve al ritmo de una nueva melodía. Piano, esta vez. Ve, a través de siluetas ensombrecidas, cómo ella va desnudando su cuerpo; deja resbalar la cascada de cabello sobre el arco que forma su espalda. Sigue bailando, soñando con el futuro, alzando los brazos para llegar lejos, de puntillas, elevándose aún más.
Él alza una ceja, deja entrever una media sonrisa, y desaparece tras un camino oscuro que minutos antes había estado coloreado. Y que volvería a estarlo cada día. (Incluso aquel en el que él acompañara a la chica de suaves curvas y movimientos electrizantes en su baile de sombras.)
viernes, 7 de febrero de 2014
Su olor envasado.
Las campanillas que rozan con la puerta al abrirse han tintineado; el suelo de madera cruje al pisarlo, y una fuerte fragancia que es la mezcla de miles de aromas le envuelven, casi atravesando su cuerpo e impregnándole de todos los olores posibles. Alza la voz para preguntar por la persona encargada de la pequeña tienda que ha encontrado por casualidad, casi escondida en un callejón olvidado; pero enseguida siente que invade el lugar con sus palabras.
Un hombre encorvado, cubierto de arrugas que parecen pintadas con el extremo del pincel más fino, se acerca al mostrador (un gran escritorio, también de madera, cubierto de frascos de todos los tamaños). El tiempo tiene un concepto diferente en este lugar, pues se cree que puede decidir cuánto durar, y en cualquier otro sitio, viene servido en bandeja y sin posibilidad de devolución. No sabe lo que ha tardado en llegar hasta aquel anciano, ni sabe la cantidad de momentos (si se pueden medir así) que ha empleado en admirar la obra de arte en la que está convertido el espacio que le rodea.
Las estanterías, oscuras, como el suelo y el escritorio, cubren todas las paredes. Almacenan tarros de formas diversas, que a su vez enjaulan en su interior una infinita variedad de olores. Se acerca a fascinarse con toda la colección de botes, que comprenden una inmensidad de esencias atrapadas. "Violetas", "Lluvia", "Acuarelas"... Cada recipiente con su color y diseño adecuados.
Gira la mirada hacia el propietario, y descubre, perpleja, que se encuentra a su lado. Ha tomado la delicada mano de ella entre las suyas arcaicas... y huele. La atrae más hacia él, y continúa inspirando su aroma a lo largo de su brazo, con los ojos cerrados. Se aparta y respira profundamente. «Tendré que hacer hueco, pero tengo tu sitio.» Su voz profunda es otro de los aspectos llamativos del peculiar personaje. La chica no entiende sus palabras, pero no le inspira desconfianza, así que le sigue cuando él le indica que se aproxime, con un gesto. De pronto, es rociada por un líquido transparente e inodoro, que toma un color rosa palo, límpido. La etiqueta del frasco expone su nombre, con una caligrafía negra excelente; es su propio perfume, su olor envasado.
«Aquí podrá encontrar todos los olores que se encuentran en alguna parte de lo que usted llama mundo.» Todavía sorprendida, vuelve a los estantes, y se fija en los frascos que antes parecían escondidos: "Abrazos", "Francia", "Nostalgia". También ha encontrado una multitud de nombres propios, de contenido parecido al que el señor acaba de crear con su fragancia particular, pero con la de cada persona que se oculta tras esos apelativos desconocidos.
«La felicidad, ¿cómo huele?»
No obtuvo respuesta. Ni aquella, ni todas las siguientes veces que se adentró en esa peculiar estancia. Hasta que un día conoció a un muchacho en una cafetería de Madrid; su nombre correspondía con uno de los que había encontrado escritos en los botes de la singular tienda, en su primera visita. Y se dio cuenta de que los nombres que fue capaz de ver, se manifestaron a sus ojos porque realmente los necesitaba. Pudo ver solo las vasijas de cristal que estaban ausentes en ella, y por lo que ganaría al encontrar su contenido, las esencias que impregnarían su vida.
(Y el olor de la felicidad lo encontraría al final, cuando todos los demás aromas desaparecidos se reunieran, cuando el perfume de cada uno de ellos ya hubiera sido gastado y tocara el fondo del recipiente.)
Un hombre encorvado, cubierto de arrugas que parecen pintadas con el extremo del pincel más fino, se acerca al mostrador (un gran escritorio, también de madera, cubierto de frascos de todos los tamaños). El tiempo tiene un concepto diferente en este lugar, pues se cree que puede decidir cuánto durar, y en cualquier otro sitio, viene servido en bandeja y sin posibilidad de devolución. No sabe lo que ha tardado en llegar hasta aquel anciano, ni sabe la cantidad de momentos (si se pueden medir así) que ha empleado en admirar la obra de arte en la que está convertido el espacio que le rodea.
Las estanterías, oscuras, como el suelo y el escritorio, cubren todas las paredes. Almacenan tarros de formas diversas, que a su vez enjaulan en su interior una infinita variedad de olores. Se acerca a fascinarse con toda la colección de botes, que comprenden una inmensidad de esencias atrapadas. "Violetas", "Lluvia", "Acuarelas"... Cada recipiente con su color y diseño adecuados.
Gira la mirada hacia el propietario, y descubre, perpleja, que se encuentra a su lado. Ha tomado la delicada mano de ella entre las suyas arcaicas... y huele. La atrae más hacia él, y continúa inspirando su aroma a lo largo de su brazo, con los ojos cerrados. Se aparta y respira profundamente. «Tendré que hacer hueco, pero tengo tu sitio.» Su voz profunda es otro de los aspectos llamativos del peculiar personaje. La chica no entiende sus palabras, pero no le inspira desconfianza, así que le sigue cuando él le indica que se aproxime, con un gesto. De pronto, es rociada por un líquido transparente e inodoro, que toma un color rosa palo, límpido. La etiqueta del frasco expone su nombre, con una caligrafía negra excelente; es su propio perfume, su olor envasado.
«Aquí podrá encontrar todos los olores que se encuentran en alguna parte de lo que usted llama mundo.» Todavía sorprendida, vuelve a los estantes, y se fija en los frascos que antes parecían escondidos: "Abrazos", "Francia", "Nostalgia". También ha encontrado una multitud de nombres propios, de contenido parecido al que el señor acaba de crear con su fragancia particular, pero con la de cada persona que se oculta tras esos apelativos desconocidos.
«La felicidad, ¿cómo huele?»
No obtuvo respuesta. Ni aquella, ni todas las siguientes veces que se adentró en esa peculiar estancia. Hasta que un día conoció a un muchacho en una cafetería de Madrid; su nombre correspondía con uno de los que había encontrado escritos en los botes de la singular tienda, en su primera visita. Y se dio cuenta de que los nombres que fue capaz de ver, se manifestaron a sus ojos porque realmente los necesitaba. Pudo ver solo las vasijas de cristal que estaban ausentes en ella, y por lo que ganaría al encontrar su contenido, las esencias que impregnarían su vida.
(Y el olor de la felicidad lo encontraría al final, cuando todos los demás aromas desaparecidos se reunieran, cuando el perfume de cada uno de ellos ya hubiera sido gastado y tocara el fondo del recipiente.)
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