sábado, 26 de abril de 2014

El chubasquero olvidado.

     Le vino a la mente, sin haber sido invitado (porque esa era la manera en la que funcionaba todo aquello). Se puso su chubasquero rojo, y se lo quitó cuando notó que la lluvia empezaba a caer; necesitaba mojarse. Rompió charcos, separándose sus gotas de niebla condensada en mil lunares para el asfalto, casi invisible, a la oscuridad de aquella noche. Lo más fácil sería volver a casa y meterse en la cama (pero el camino simple, suele ser el más aburrido). 

     Fue noche de ríos dibujados por su espalda. Y de pensamientos, imaginándose los dibujos que harían en la de él. Un chubasquero rojo quedó olvidado a los pies de una farola.

     Se echaba de menos a sí misma. Suponía que ese era un problema al que debía dar bastante importancia (solo que no se la daba). Bailó para olvidar. O para recordar. O para ordenar sus pensamientos. Todo ello obtuvo un "hecho" aquella noche. Se empapó (a pesar de odiar la lluvia) y volvió contenta a su casa (o algo así).

     Sería la futura culpable del resfriado del que enfermaría su almohada a causa del frío y mojado cabello con el que se había acostado. (Y se durmió contando los paréntesis que le había dedicado.)

sábado, 19 de abril de 2014

Lágrimas de acuarela.

     No estaba segura de cuál era el motivo de su infelicidad, sólo sabía que ella únicamente existía en blanco y negro, y que los remolinos que se creaban en sus cabellos nunca estarían del todo ordenados. No conocía los espejos. A lo mejor le habría gustado contemplar la gama de grises de sus ojos, puede que hubiera sabido apreciar el brillo que éstos reflejaban. Se habría enamorado de sus labios, y de la sombra que prestaban a su barbilla. Podría haberse fijado en lo bonita que era, descubriría los tres lunares que se dibujaban en su cuello, y el que se escondía de forma más tímida en la conclusión de su clavícula. Así, quizás, las lágrimas oscuras desaparecerían (las que tampoco podía ver, las que un día aparecieron, trazando un camino de curvas, sorteando las pecas colocadas entre sus pómulos como puntos suspensivos).

     La mano del artista quedó satisfecha con su obra terminada. Se levantó, dejando la lámina secar sobre el antiguo escritorio de ébano, y se limpió los retazos de pintura negra que habían manchado sus yemas. Alzó la vista, y contempló el reflejo de sus ojos verdes. (No había rastro de lágrimas de acuarela.)

Amor pálido.

     El mundo entero se estremeció. Todos los que tienen un alma sensible sintieron el mismo escalofrío recorriendo su interior, investigándoles por dentro, invadiéndoles, como si alguien estuviese abriendo en ese momento el cuaderno de secretos de cada uno de ellos. Fue un día extraño, algo estaba distinto en el ambiente: era el sollozo de la Muerte, al principio; luego, su grito desesperado.

     Los cuerpos con sentimientos sufren ante el amor. Pero si es la Muerte la que se enamora, de unos pómulos carnosos y rosados, de unos dedos que son capaces de acariciar, de alguien que tiene la oportunidad de ser feliz...

     Observa, en silencio (y su silencio se vuelve todavía más mortal). El tiempo para Ella no transcurre igual; la insignificancia de una vida humana no es nada en comparación con su inmortalidad.

     Acudió al parto de la criatura, no tuvo piedad con su madre. Sus ojos, del mismo tono dulce que los de la niña, se fueron apagando, mientras luchaban por ver a su hija, aunque fuera una única vez. Y la Muerte, pálida y fría, envidió, a su sorpresa, la calidez de los hoyuelos que adornaban la sonrisa de la pequeña. Desobedeciendo a sus principios, se fue acercando durante los años a esa familia, robando el alma de forma injusta a las personas más cercanas a ella. Los médicos no tenían explicación para tales muertes, y el pueblo empezó a pensar que esa familia había sido maldecida. La Muerte sabía que estaba haciendo mal a la chica de los ojos de miel, pero sentía la gran necesidad de contemplar su belleza, y no conocía otra forma de hacerlo.

     Muchos temen desaparecer del mundo, pero nadie piensa que la causante de tales desastres tuviera sus propios miedos (ni Ella misma era consciente). Ahora, le asustaba la idea de que la niña se quedase sola, de no tener una excusa para volver a acercarse. El problema era que la huérfana también temía, y se alejó del mundo para no causar más daños, pensando que ella tenía la culpa de la palidez prematura en las mejillas de sus familiares y pocos amigos. Vivió algunos años de soledad, huyendo de la compañía, apartando cálidas manos que pronto teñirían de blanco si llegara a agarrarlas.

     La Muerte vivió esos años con absoluta desesperanza, e intentó subsanar su vacío creando otros alrededor del mundo, provocando guerras, y por tanto, muertes masivas. Hasta que no pudo esperar más. Buscó a la joven, y los huecos de sus ojos emitieron un destello.

     Se acercó demasiado. El alma de la chica, tan hermosa como ella misma, fue recogida con delicadeza por quien más la apreciaba. (Los ojos de azúcar y las mejillas sonrosadas quedaron cubiertas por una capa de amor pálido.)

lunes, 7 de abril de 2014

La mirada de un hombre ciego.

Como el hombre ciego que no puede vivir sin su reloj atado a la muñeca.

Siempre viste de azul, porque es su color favorito: "Huele a arándanos", utiliza como argumento.

Camina siempre  en línea curva, conoce bien su camino, no se choca.

Cada tarde se sienta en el banco que da al lugar más bonito del parque; lo sabe porque escucha las sonrisas de los que se van acercando.

Tiene su habitación  repleta de los dibujos de sus hijos, está preciosa.

Conoce el idioma del piano; las teclas hacen historia cuando se deslizan entre los dedos del hombre (a veces incluso rozan con el viejo reloj, emitiendo un chasquido que solo él es capaz de ver).

Y escucha pasar los segundos de su vida.

Y se siente parte de ella.

Porque sabe mejor que nadie la forma que tienen las cosas bonitas.

No le hace falta conocer el tono exacto.

O su silueta.

(Él saborea los abrazos.)

Andares descalzos.

     Se oyó el chasquido de un hombre negro en un asiento cercano, durante su trayecto a ninguna parte. Las ojeras desgastadas y los nudillos rugosos dejaban entrever el arrastre de fracasos que llevaba encima. Las arrugas de su rostro parecían esculpidas por un artista aficionado, poniendo especial cuidado en la que podría llegar a ser su primera gran obra que mereciera ser contemplada. Desde lejos se distinguían las cataratas de su ojos que aún dejaban ver un pequeño rastro de color vidrioso (aunque bien podía haber sido la acumulación de lágrimas durante los años). Las manos; escondidas tras los callos de sus yemas, consecuencia del amor incondicional hacia su guitarra, que se situaba tímida a su lado. Era un hombre que llevaba el ritmo en la sangre, y le llegaba hasta los pies, rigurosamente colocados bajo sus piernas cansadas. (Cansadas de recorrer tantos caminos sin final, tan repletos de arena hecha ceniza, que se iba adhiriendo a sus heridas interiores, infectándolas.)


     Hermoso anciano del color de la tierra polvorienta, cansado de la vida, amigo inseparable de seis cuerdas que han resultado ser mejores compañeras que cualquier alma que se haya acercado a tus andares descalzos, a tus sombríos dobleces: llévame a tu escondite (adornado del minúsculo haz de luz que aún se puede descubrir de tus antaño ojos verdes).

domingo, 9 de marzo de 2014

Pétalos olvidados.

     Como un café cubierto de pedazos de hojas secas que han ido tropezando con el viento, y aterrizando en la taza olvidada hace ya varias semanas. El libro que le acompaña, sobre la áspera mesa de madera astillada, tiene en su interior, olvidados, unos cuantos pétalos de amapolas secas. Éstos quedaron sueltos hace un par de días a manos de unos pequeños traviesos que jugaban a casarse y ser mayores. Tomaron prestadas algunas de las rojas flores que adornan el amplio campo, el que está cerca de su casa. Con ellas hicieron una hermosa corona, atando los tallos.

     La niña más alta, la que tenía el pelo rubio ceniciento y unas sobresalientes orejas (que marcaban su parentesco con el chiquillo que más gritaba), iba a ser la afortunada de contraer matrimonio con el chico más guapo de todas las casas de los alrededores. Habían estado preparando esa boda desde hacía tres días (mucho tiempo, para personas que todavía se pierden cuando tienen que contar hasta diez). Todas las niñas que solían jugar juntas a la comba estaban entusiasmadas, y ya estaban discutiendo sobre el nombre que tendría el futuro bebé. Los niños vistieron a su amigo con viejas telas que encontraron por las diferentes casas, y después le cubrieron con toda la imaginación que pudieron reunir. Estaba radiante.

     En alguna parte del mundo, seguro que alguien habría tenido un mal día. Pero no fue el caso de todos ellos. Fue la tarde de las tiaras de flores, de la creatividad convertida en el más maravilloso de los trajes, de la brisa acompañada de pizcas de plantas coloreadas de tonos carmesí, perdidas en el café, (para endulzar su amargura).

Para Isa.

     No se me ocurre mejor manera de soltarlo todo que escribirte. (Que escribirte a ti, o escribir para mí, para todo el mundo, para nadie, o yo qué sé). Necesito salir de la barrera que me mantiene en este estado de inquietud, de incertidumbre, de no saber realmente lo que ha pasado, en qué momento empezó todo, por qué. No sé cómo levantarme después del golpe (y sonará duro, pero tú tampoco puedes).

     No recuerdo la última vez que te abracé. Se acabó. ¿Cuándo habría sido si no...? bueno, eso. Quizás la misma última vez que es ahora mismo, pero quién sabe. Lo repetiré una y mil veces, no me gusta echar de menos, no quiero echarte de menos. Te echo de menos. Y si es así para mí, que no sé cuándo fue nuestro último abrazo, nuestra última conversación de verdad, la última vez que me miraste (que me miraste, no que me viste), ¿para los que sí recuerdan?

     Fuiste el último día sombrío, no te dio tiempo a ver florecer a los almendros. Duele. A ti más, supongo. No lo sé. Quizás ya no. Te diría que no te vayas; creo que es tarde. ¿Y si hubieras podido ver todo esto? Nadie lo sabe. Ni siquiera creo que tú lo supieras. ¿Si fueses, ahora, después de todo, ser capaz de ver las lágrimas? Dónde estás. Dime, ¿quién fue la persona que llegó a conocerte de verdad, alguien? No es fácil darse la vuelta, o sí. ¿Qué hago yo hablando de esto, qué busco, qué me pasa? Girarse y volver. Es tarde. Ojalá no lo fuera. Lo fue en ese momento. Podría no haberlo sido. Ya no sé ni lo que digo. Tengo frío.

    (Nadie muere y desaparece).