lunes, 29 de diciembre de 2014

Un encuentro peculiar.

     Formaban un trío curioso: La mujer que estaba tras la mesa de madera, en un mercadillo poco frecuentado de Madrid, era mayor (muy mayor). Parecía poseer toda una colección de globos a su alrededor, que invitaban a los mechones sueltos de su despeinado cabello a reunirse con ellos. Tenía una mirada penetrante y tentadora, y al mismo tiempo que te invitaba a acercarte sigilosamente, provocaba en ti la sensación de que prevenir las distancias no sería una mala idea. Las manos que colocaban las coloridas joyas que vendía, junto a las fotos antiguas y una gran caja de piedras y conchas que yo misma podría haberme traído en el bolsillo de vuelta de vacaciones, eran grandes y delgadas. Era ahí donde se podía advertir de forma más clara la edad de la anciana. Los niños, o los adultos que siguen creyendo en la magia, habrían asociado su aspecto, indudablemente, al de una bruja. Y gritaba, vaya si gritaba. Su voz también llamaba la atención. La escuché cuando llegó a su puesto el segundo de los tres personajes:

     Aquel sí que era un hombre peculiar. Alto, también entrado en edad. Parecía que todo el pelo que antes había pertenecido a la cabeza, había resbalado hasta colocarse bajo su nariz, luciendo una prominente barba blanca. Camuflaba su calvicie con un gorro de lana que parecía empapado, a pesar de que ese día ninguna nube había manchado el cielo. De su oreja izquierda colgaban dos plumas de color verde, que le llegaban hasta los hombros. La derecha no la vi. Estaba cubierto de amuletos. También sus manos me llamaron la atención. Ni un solo dedo quedaba desnudo, y cada uno de ellos portaba un gran anillo colorido, algunos de ellos con diferentes símbolos. Encontró una cadena que pagó con la mano que tenía libre. En la otra llevaba una gran bolsa blanca, y parecía no querer soltarla nunca. Cuando bajé la vista para intentar descubrir lo que había en su interior, me di cuenta de que sus delgadísimas piernas estaban cubiertas por unas mayas que reflejaban la luz del sol, repleta de lentejuelas. A su lado aparecieron otras piernas:

     Pertenecían a la tercera persona. Estilizadas, marcadas por unas medias negras. Subidas a unos tacones del mismo color oscuro. Alcé la mirada. No parecía querer llamar la atención, pero lo hacía. Era una mujer con rasgos franceses, y como sacada de una banda de jazz, de las que tocan en los bares frecuentados por almas perdidas. Tenía los ojos grandes, pero no los abría del todo. En cuanto cruzó unas palabras con el hombre, afirmé mi teoría sobre su grave y ronca voz. Aunque no fue difícil adivinarlo, teniendo en cuenta que cuando llegó, pisó su colilla recién terminada, y enseguida sacó de su bolso otro cigarrillo. El humo que la envolvía parecía mezclarse con sus cabellos, e incluso con sus pestañas, las más largas que jamás había visto.

     Ninguno de los tres se percató de mi presencia. (Ni siquiera su parte real.)

viernes, 31 de octubre de 2014

La Luna es poetisa.

     El día en el que media Luna se convirtió en poetisa. Y la esfera partida que poblaba el cielo oscurecido buscaba desesperada su mitad entre los habitantes de Madrid. Mientras que la amante de las palabras observaba el cielo, escribiendo una carta a su amor verdadero, sin creer en el destino, pensando que lo que nos rodean son casualidades, desconociendo que ella realmente era parte de la noche. Y durante las horas de oscuridad, se convirtió en musa de pintores que sentían perdida su inspiración, sin saber realmente que aquella chica que escribía con la vista alzada no era sino la misma protagonista de las más maravillosas obras de arte. E infelices se quedaban admirados ante el astro disfrazado, transformando su vida desgraciada en un instante de luz blanca. Imagina a la Luna personificada, cuán magnífica debía de presentarse, qué espléndidas palabras se transformarían desde su pluma, pensando en sí misma, en su propia mitad.

     Fue el día en el que las calles contaban historias de amor. Se oían palabras de predestinación. Se escuchaba el convencimiento de todos: si se quieren, es real, aunque acaben hundidos en su propia tristeza. Y un hombre en el tren abrazaba sus ideas, recopiladas en una carpeta azul, donde estaba ella de mil formas distintas. Su cuerpo a carboncillo, sus pensamientos en poesía, sus notas de afecto. Faltaba su voz. Y el hombre lloraba. Otra persona frente a él, compartiendo el mismo vagón, entendió su pena, y le acompañó en su llanto silencioso. Una lágrima cayó sobre la nota que algún desconocido había escrito para él (puede que la Luna poetisa).

     Fue la noche en la que los reencuentros eran besos en medio de la estación. Donde todos eran espectadores, y ellos solo se sentían el uno al otro, sin percatarse de las sonrisas tiernas que despertaban en los demás. Fue arte en los caminos, en las fuentes, entre las grietas escondidas, junto a los versos de Neruda. Y música esparcida por el suelo, desde donde se ven los andares de la gente con prisa, cuando el tiempo se para porque sabes que puedes vivirlo. Cuando el silencio se presenta, sin dejar huecos vacíos. Proyectos a medio terminar. Desde aquí se puede ver a dos personas sincerándose, acusándose a sí mismas de ser las mejores constructoras de muros translúcidos, a través de los cuales parece que se escapa cada parte de ellas, pero son casi indestructibles.

      Desordenadamente ordenado, con palabras enmascaradas.(Los sentimientos no se plasman para ser comprendidos.)

Etiquetados.

     Érase una vez una chica desastrosamente incapaz de armar su vida por sí misma. Pensaba que todo el mundo era una diminuta maravilla. Y no le resultaba difícil de ver, como si cada uno de nosotros llevásemos atada a la muñeca una etiqueta en la que estuviese escrito nuestro interior más bonito. Pero ella no tenía su rótulo. Lo había perdido. Por ese motivo se sentía invisible y desechable. De hecho, lo era.

     Érase una vez una persona maravillosa (o en proceso de). Tenía ocho años. Miraba a la gente a los ojos, porque ellos no le miraban a él, y así podía ver el reflejo de lo que éstos observaban. Recogía papeles de caramelos en el patio del colegio, y con ellos forró un pequeño cofre donde guardaba las sonrisas que iba recibiendo; llevaba dos.

     Caminaba por la calle y evitaba las miradas de los demás (o ellos esquivaban la suya). Sus ojos se centraban en las manos, y leía las inscripciones ajenas. Por la noche las guardaba en un cajón, y se recordaba a sí misma lo que no era. Todos sus espejos estaban colocados de cara a la pared. Cada uno de ellos llevaba inscrito "No merece la pena, ya lo sabes" por la parte trasera. Y nunca miraba al cielo: había olvidado que existía.

     El domingo era su día favorito, porque rimaba con "respingo", que sonaba muy divertido. Se lo había dicho a todo el mundo, incluso en varias ocasiones (y nadie parecía acordarse, aunque fuese la decimotercera vez que se lo repitiera), por eso le gustaba mencionarlo una y otra vez. Un día, antes de salir de casa, se subió a su taburete para peinarse, y se le ocurrió subir las comisuras por tercer día consecutivo, ¡la tercera sonrisa recibida! Él sí que tenía suerte. 

     Se tropezó y cayó sobre un charco. Estaba rodeada de gente. Les sirvió de alfombra. Ni se percataron de ello. Se acercó a un banco, empapada y dolorida, a atarse los cordones que le habían traicionado. A su lado había una mano muy pequeña: "Inocencia, optimismo en su estado más puro".

     Ese día había decidido irse a un banco a dejarse regar por la lluvia, con la esperanza de crecer tanto como los señores a los que veía por la calle. Una chica se sentó a su lado. Miraba su mano, lo vio reflejado en sus ojos.

     La etiqueta del pequeño rozó su hombro. Le había visto.

     -El pelo mojado te queda realmente bien- dijo sonriendo mucho, como había ensayado esa misma mañana.

     Se quedó paralizada. Nadie parecía haberla mirado de verdad, en toda su vida. Imitó el gesto del niño.

     -¡La cuarta sonrisa, la cuarta sonrisa!
Le habló de su caja forrada con envoltorios de caramelo. Le enumeró sus cosas favoritas. Le explicó cómo veía el mundo a través de los ojos de los demás.

     También esquivaban su mirada, pero para él no era algo malo. Su cofre de sonrisas no contenía ninguna diferente a la suya propia (exceptuando la que ella acababa de regalarle). Nadie le escuchaba, no se percataban de su presencia. Y aún así, era la persona más feliz del mundo.

     Se quitó su etiqueta. La ató a la muñeca de la que chica que estaba sentada a su lado. Se fue. 

     Años más tarde, encontraron un cofre con cuatro sonrisas en su interior. Un cajón se quedó abierto, lleno de inscripciones ilegibles, con la tinta corrida por las lágrimas de la chica que una vez no pudo encontrarse entre aquellos adjetivos. Él dejó de acumular sonrisas, cuando se dio cuenta de que habría demasiadas. Ella no cerró el baúl, para que todo lo que una vez lloró, se evaporara impregnado de pequeñas maravillas, y acabaran lloviendo sobre ella.

   

domingo, 21 de septiembre de 2014

Un escalofrío en forma de sonrisa.

     El reloj marcaba un minuto para mi llegada al andén. Confió en ella misma y bajó el inmenso abismo de poco más de un metro que podía marcar un final decisivo. Instintivamente todas las personas que esperaban en la estación se abalanzaron hacia ella, pero nadie se atrevió a extender su mano, por si el tren decidía llegar en esos momentos y ésta les era arrebatada. La cara de ella no mostraba emoción alguna, no parecía oír los gritos de su alrededor. Si no fuera por la profunda mirada que me arrojó, habría pensado que ya carecía de vida. Empezó a avanzar hacia mí. "Uno, dos, tres", contó, mientras posaba sus zapatillas negras en las tablas de las vías, al compás. Cerró los ojos y siguió contando con los brazos extendidos, simulando que pisaba las teclas de un viejo piano de madera gastada. Nadie sabía qué hacer, y eso fue lo que hicieron: nada. Su pelo corto chocaba con las notas que salían de sus huellas polvorientas, se enganchaban en las palabras de horror de los espectadores.

     No pude frenar a tiempo, pero sí llegué a atrapar la historia como si fuese mía. Mis pasajeros también lo habían visto, todos salieron por las puertas, golpeando la chapa y empujándose entre ellos. Descubrieron a la chica al otro lado de la vía, compartiendo un escalofrío en forma de sonrisa con todos nosotros. (Había vuelto a jugar con la muerte.)

lunes, 28 de julio de 2014

Un fracasado enfrascado.

     Si alguien te dice que su objetivo en la vida es ser un fracasado porque es una palabra con una fonética interesante, le tomarías por loco y darías media vuelta. Quizás ahora mismo lo niegues, porque si tienes tiempo de reflexionar la reacción desde fuera es distinto, pero te aseguro que eso sería exactamente lo que llegaría a pasar. Por lo menos, no he conocido todavía a nadie que no me haya mirado como si la cabeza no me funcionase correctamente. Alguno ha intentado entenderlo, preguntándome si conocía el verdadero dolor de vivir sin nada y sin nadie, rodeado de botes de cristal en los que se recopilan las piezas sobrantes de mis propósitos fallidos y mis amistades rotas. Yo tenía respuesta para eso: "Un fracasado enfrascado es todavía más bonito que un fracasado a secas." Entonces se repetía la primera situación.

     El deseo de no ser nadie aumentó con el tiempo, y cada vez le llamaba la atención a más gente. Hubo incluso una vez que una mujer con los ojos tan grandes que podría haberme caído en ellos me miró con curiosidad mientras esperábamos a que un semáforo indicara el paso en la zona de peatones. En el momento en el que cambió a verde, apoyó su mano en mi hombro y me ofreció sitio en el refugio de su paraguas (de un verde tan intenso que si aquella no hubiera sido una lluvia de verano habría deslumbrado entre los tonos apagados del invierno). Mi primera reacción fue apartarme y seguir andando con paso ligero hasta llegar a mi casa, pero sus enormes pupilas me atraparon. Me aseguró que una conocida le había hablado de mí, y que ella podría ayudarme. Le contesté: "Usted no entiende la poesía. Una pena, pues se puede ver claramente buceando en sus ojos negros." Dejó mi hombro en libertad y escapé. No volvimos a vernos.

     Decidí hacer de mi metáfora una realidad, y busqué todos los tarros que pude. Botes de mermelada, botellas de vino, jarrones de cristal... Vacié de libros mi estantería, dejándolos apilados en el resto de la casa, y convertí esa pared en el comienzo de mi tan esperado fracaso. Fui reuniendo todo aquello que me había salido mal, y los recipientes se llenaron poco a poco de pedazos de papel con mis fallos impresos. Estaba a punto de terminar, ya casi seguro de mi victoria. Desplegué el último trozo de folio y escribí en él: "No buceé en los ojos negros de la mujer de la poesía escondida." (Y entonces no me cupo ninguna duda.)

miércoles, 16 de julio de 2014

Con los pies descalzos y las uñas de negro.

     "Necesito escribir." Dijo, mientras una revoltosa maraña de pelo y unos labios más cortados que el café, dirigían su mirada hacia la pila de folios que había encima del microondas. Últimamente su cabeza no correspondía con la que llevaba sobre los hombros, y eso se debía a una dosis diaria de pensamientos suicidas que había empezado a consumir. Acarició una de las hojas, apartó la de arriba haciéndola rozar con la siguiente, y respiró ese sonido. A continuación escogió la segunda (porque nunca que quedaba con lo primero que llegaba, si ella no era una primera opción, no dejaría que ninguna otra cosa lo fuese). Lo único que encontró cerca fue un lapicero al que se le veía la mina por el lado equivocado (era el sustituto de sus uñas cuando las llevaba pintadas de negro) . Rebuscó entre los cubiertos y encontró su pluma favorita: aquella era una ocasión especial. Al girarse, dio con el codo a su taza, y el café inundó su lienzo. Qué importaba. Escribió despacio, midiendo las palabras y saboreando cada letra, con la intención de que quedaran exquisitas a la vista. Pero todas ellas empezaron a flotar sobre el café, y admirando entre ellas su belleza, y la delicadeza con la que habían sido creadas, se enamoraron y bailaron, dejando rastros de tinta por donde pasaban. Ella no se dio cuenta, solo veía aquella que acababa de salir de su puño, y pasaba a concentrarse a la siguiente, olvidándose de todas las anteriores. No terminó de desayunar.

     Forzaron la puerta principal. Entró en la casa: un ladrón de vidas, beneficiándose después no con joyas y piezas caras, sino con el detalle que pasaba desapercibido, el que hablara por sí mismo de aquel al que acababa de asesinar. Era su manera de conocer a las personas. No escuchó nada, era muy sigilosa, y acostumbraba a andar con los pies descalzos. La primera habitación por la que pasó fue la cocina. Estaba poco cuidada. Encontró una taza rota, y un río de café que se convertía en una cascada pobre al borde de la mesa. Siguió su camino en busca de la víctima. Llegó a una sala pequeña, con un fuerte olor dulzón, algo metálico, y mucho incienso. La chica, sentada en un sillón verde oscuro parecía dormida, y sostenía entre sus dedos delgados, con las uñas pintadas de negro (y mordidas, como último placer) un folio de aspecto antiguo. Lo cogió, y el papel crujió un poco. Echó un vistazo y acarició a la chica, apartando la misma revoltosa maraña de pelo de aquella mañana, llegando a rozar su cuello. Se detuvo y salió de aquel sitio dejando a la joven donde estaba. Al llegar a casa buscó una chincheta (y clavó en la pared su carta de suicidio).

domingo, 29 de junio de 2014

Arte confesor.

     Con unas ojeras como columpios (donde el brillo de sus ojos se balanceaba) y con su olor aún constante, aunque ya no demasiado intenso, visualizó su imagen como el dibujo que no había llegado a realizar. Sabía que las minas de colores se enamorarían de él, y no querrían ser utilizadas para cualquier otra obra de arte (porque él realmente era arte). Incluso empezarían a necesitar más. El marrón buscaría encontrar pecas escondidas; el verde intentaría difuminarse de manera más visible en los trazos de sus ojos donde la luz se acomodaba; el color rojo se quejaría por la insuficiencia de las señales de mordiscos. Cada uno de los tonos sentiría la necesidad de mostrarse como protagonista, de abarcar el mayor espacio posible en el retrato para sentirse más querido. Y llegaría un momento en el que todo aquello se convertiría en una competición: los tintes empezarían a investigar la manera de conocer sus mayores secretos, porque odiarían formar parte de él mientras fuera un misterio. Le susurrarían al oído, se colarían entre sus rizos en busca de algún pensamiento cansado de estar atrapado. Lo descubrirían todo, y los bocetos más elaborados hablarían por sí mismos, confesando a todo ojo curioso no solo el aspecto externo del chico de la voz profunda, sino también su más acentuado interior. Todo a través de los colores, incapaces de guardar el más maravilloso de los secretos.

     Entonces ella se dio cuenta de que no quería que todo el mundo supiera los enigmas del chico de mirada intensa, y decidió convertirse en todos los lapiceros de madera para ser la única que conociese sus misterios. (Pero no adoptó la conducta extrovertida de aquellos a los que imitaba. Por el contrario, abrió en su interior una nueva caja de madera con candado y guardó allí todo lo que fue aprendiendo de él.)